Como saben, no me gustan las listas de pasos ni las soluciones simples, desmenuzadas, que nos llevan de la mano y a toda velocidad hacia el destino esperado, sobre todo, porque dudo que sirvan para mucho… A mi lo que me gusta es pensar, y que la gente piense y se esfuerce, por fastidioso que pueda resultar. Así que aunque lo que les propongo a continuación es, efectivamente, un listado, tómenlo de forma orientativa, como una guía sugerida, y muy elemental, de la que pueden echar mano cuando inevitablemente, 14 de febrero o no, las diferencias entre dos emergen, y desgraciadamente, tornan agrias. Toda pareja discute, por mucho que se ame. De hecho, el amor casi nunca es el problema, pero el orgullo, el ego, la confusión mental, y la emoción no regulada, desbordada, si que lo son. Así que antes de empezar, atención: casi toda discusión, o argumento, se detiene con uno y en uno mismo. Lo demás, suele fluir de modo casi automático cuando, lo que corregimos, es la propia conducta, que como ya sabemos, es lo único que podemos controlar:

  1. Se pelea con los enemigos, y tu pareja nunca, nunca es el enemigo. Así que no pelees, para empezar, ni mucho menos, agredas, con la intención de ganar el argumento o tener razón. Tu pareja es tu compañero, tu colega, el otro miembro fundamental del equipo. Sin él, en el largo plazo, tu solo no puedes ganar. Si no estás de acuerdo con el otro, venga, se vale, incluso muchas veces es necesario. Solo recuerda que aquel no tiene mala intención, no parte de la premisa de derrotarte o de hacerte daño, así que al discutir con él hazlo con cuidado, con cariño, y con compasión. La persona que está delante de ti te ama, y tu a él. Por más enojado que estés, considéralo.
  2. Lo importante es el bienestar de la pareja, no el tuyo, y ni siquiera el del otro, de forma individual, así que en la misma línea del punto anterior, mantente atento y consciente de tus emociones. Si estás muy enojado debe de ser porque percibes tu ego herido y quieres ajustar cuentas. Si tu pareja ha dicho algo que te duele, y mucho, trata de entenderlo como un error, una exageración, o un malentendido. Si tratas de curar tu ego, seguramente buscarás tener la razón, y si buscas solo el beneficio del otro, probablemente pases por alto decir algo que si es importante que cambie o reflexione. Intenta, más bien, imaginar un espacio entre ambos, un espacio donde conviven los dos, y que es más importante que ambos, nuevamente, de forma individual. La mejora de ese espacio común, su cultivo y crecimiento, por el bien de ese espacio común en si mismo, los llevará a los dos a sentirse mejor, y ese es el objetivo: que los dos se sientan bien, no solo uno.
  3. Aceptación, respeto y responsabilidad. Siguiendo la propuesta de la Terapia Racional Emotiva de Ellis, antes que nada, y siempre, parte por aceptar incondicionalmente al otro, y no hacerlo solamente cuando se porta o te trata como quieres; luego respétalo, como individuo, como persona, y respeta también su derecho inextinguible de opinar cualquier cosa que desee opinar, incluso si crees que está equivocado; y por último, hazte responsable solo de ti mismo y tus acciones. No intentes cambiarlo, no intentes que actúe de otra manera, ni le eches la culpa de cómo te sientes o cómo estás reaccionando. Todo lo que dices, haces, o sientes, es fundamentalmente tu responsabilidad. Si quieres que el otro modifique su comportamiento, primero cambia tu. Si quieres que el otro te respete, respétalo primero tu, y si quieres que el otro te acepte, acéptalo primero tu.
  4. No grites… por favor. Así tengas el carácter duro, te hayan enseñado que gritar es bueno en tu hogar paterno, o que no tiene nada de malo, o ya de perdida te haga sentir muy fuerte, evítalo a toda costa. Ya te lo he dicho, esa persona que tienes delante te ama, y no hay forma, ni en este mundo o en cualquier otro, de que al gritar no le lastimes. Si estás tan enojado que crees no poder evitar gritar, o agredir, haz una pausa, respira, concéntrate en tu cuerpo, tu estado de ánimo, y pide al otro una pausa para tranquilizarte y hablar con calma y claridad. No te digo que no alces la voz, eso es casi inevitable… Pero hay una diferencia entre ser contundente o recio, y agresivo. Gritar no ayuda a absolutamente nadie, a decir absolutamente nada. Ah y quien habla de gritar también habla de cualquier forma de abuso. Pegarle a la mesa, a la silla, a la puerta, porque en teoría dejas salir el enojo, es terriblemente agresivo, y también lastima… Pegarle al otro es simplemente imperdonable y no puede ser tolerado.
  5. Aprende a escuchar. Si interrumpes habitualmente, no hay forma de comprender la versión del otro… versión que siempre tiene, y siempre es válida. Primero escucha, sin meter tus opiniones, después observa su punto, de forma objetiva, sin evaluarlo, y ya al final, opina, sin tratar de debatirlo. Pregunta si es necesario; no estás obligado a entender a la primera, ni a la segunda, pero eso si, deja de “leerle el pensamiento”. Entiende que no eres telépata, no sabes lo que el otro quiere decir hasta que te lo haya explicado, o se lo hayas preguntado, y haces mal en tratar de interpretarlo sin tener información suficiente.
  6. Evita acumular. Frases como “¡es como la semana pasada!” o “¡siempre haces lo mismo!”, ponen en evidencia que estás en el pasado, no en el presente. No importan las discusiones pasadas. Importa ésta y su solución. Regresa al aquí y ahora…
  7. Mucho antes de discutir, pongan reglas que funcionan a su pareja específica. Pueden ser estas, u otras, lo importante es que sean congruentes con ustedes, y funcionales para el crecimiento de ambos. A algunos les gusta discutir en el momento, a otros, al enfriarse, al día siguiente. ¿Cuál es el mejor enfoque? El que los respeta a ambos. Si a uno le gusta hablar en este instante, y al otro esperar, pongan un límite racional de tiempo: un día tal vez. Debo insistir en lo mismo: no hay condiciones específicas que nadie, externo, pueda darles. Hagan ajustes internos, códigos personalizados, y respétenlos, por mucho que cueste.
  8. Discutan como adultos. No se vayan a dormir peleados, ni se vayan a dormir a otra cama, ni mucho menos a otra casa… En las discusiones no se amenaza al otro con cosas como “si sigues así, ¡terminamos!” o “¡me largo!”. Es inútil, e infantil. Los adultos discuten como adultos, es decir, se adaptan, escuchan, entienden, maduran, y son racionales. Los niños discuten como niños: se ofenden a la menor provocación, son caprichosos, y cuando no obtienen exacta y precisamente lo que quieren, se van “con sus canicas” a jugar a otro lado. Que un niño se comporte como tal, es esperable. Que un adulto se comporte como niño… no tanto.
  9. Y ya por último… se humilde. MUY humilde. Imagínate una bolsa de mano de mujer… Por fuera es de piel negra, y por dentro, el forro es rojo. Ahora, imagina que tu has vivido toda la vida adentro de la bolsa, y tu pareja, afuera. Ninguno de los dos ha visto la realidad del otro y en cambio, para cada uno de ustedes ésta es contundente y obvia. Para uno es roja, para el otro, negra… y ambos tienen razón. De pronto uno dice al otro “la bolsa es negra”. ¿Qué puede contestar el que vive adentro? Solo algo simple: que no es cierto, es roja. Sin humildad, y sin confianza, la discusión terminaría en desastre. Sin la voluntad de uno, o preferentemente de los dos, de agachar la cabeza temporalmente y pensar algo así como “a lo mejor me equivoco y él está viendo algo que yo no… voy a confiar en él”, no hay forma de que estas dos personas puedan ponerse de acuerdo. Recuérdenlo: el otro no es el enemigo, el otro no quiere hacerme daño. Si insiste con que la bolsa es negra, y no roja, debe de ser por algo…

Bien, pues ya me excedí en longitud. Yo los dejo aquí… Recuerden solamente: se ama diario, ¿de acuerdo? Y a todo momento. Si se ama solo cuando viene bien, difícilmente podríamos llamarle “amor”. Por ende, cuando se discute, se discute con amor. Se discute para entendernos. Se discute para construir una mejor relación.

JC

PS. ¿Se les ocurren más puntos para añadir? ¡Me encantaría leerlos!

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