Lone Wolf & Cub

“Todo padre debería recordar que algún día su hijo va a seguir su ejemplo en lugar de su consejo.

– Charles F. Kettering

Mi padre nunca me dijo una sola palabra sobre cómo ser un héroe. Ni siquiera me dijo qué era como tal un héroe; una definición de diccionario, digamos. Tampoco me dijo qué esperaba de mi, ni me dijo que debía hacer tal o cual cosa. Vamos, corregía lo esencial, claro, pero tanto así como “Jorge, esto es lo que debes hacer”? No, no lo recuerdo. Muchísimo menos me amenazó con un “voy a estar muy desilusionado de ti si no cumples con esto o haces aquello”, cosa que me habría hecho más daño que bien. No, francamente no lo recuerdo. No hubo explicación, documentación o señalamiento. Pero eso si… Recuerdo que no lo oí mentir nunca, y cuando digo nunca lo digo en serio, no como una polarización irracional. Recuerdo que se levantó siempre a las 6 am, que se relajaba con un café ante su jardín cada mañana, y después salía a la calle a partirse el lomo para darnos todo, absolutamente todo, lo que poseía. Recuerdo que era caballeroso con mi madre y que la única vez que se emborrachó prefirió no entrar a casa porque le daba vergüenza que ella lo viera en ese estado. Recuerdo que le fue fiel toda su vida, y que la amaba profundamente. Recuerdo también que un día brincó a una alberca a salvar a un muchacho que se estaba ahogando, y que otro día ayudó a un jovencito a subir su coche por una rampa pronunciada ya que le estaba siendo imposible hacerlo; recuerdo que practicaba esgrima, que veía películas de héroes y disfrutaba las novelas de guerreros… que era capaz de liarse a golpes por defender una causa justa, y que incluso una vez, cuando yo aun no nacía, fue retado a un duelo con pistola, allá en Veracruz. Recuerdo que era un hombre honorable, íntegro y noble, que no aceptó nunca corromperse, pese a que varías veces podría haber cerrado “el negocio de su vida”, y que prefería una vida sencilla a agachar su cabeza ante la indignidad. Eso es lo que recuerdo, eso lo que aspiro… y lo que amo. Eso, justamente, es lo que me enseñó su ejemplo, y su vida.

¿Cómo se educa a alguien, mujer y hombre, para ser un héroe? Con el ejemplo, ni más ni menos. Hay apoyos, claro está, como podría ser platicar con ellos con respecto a los principios del ideal heroico, darles lecturas sobre el tema, educarlos en el arte de ser valientes por vía de ayudarlos a enfrentar, poco a poco, sus miedos – sean los que sean –, sentirse orgullosos cuando defienden a alguien que lo necesita, y luego expresárselos, y muchos más en el mismo orden. Sin embargo, en la hora final, la enseñanza más poderosa, más trascendente, es y siempre será la congruencia, la integridad; la transmisión directa de estos ideales en la práctica personal. No se puede decir a alguien “no mientas” cuando suena el teléfono y le pedimos “di que no estoy”. No se puede esperar que alguien no se burle o aproveche de otros cuando, en una reunión, tomamos ventaja de la debilidad del otro y nos mofamos de él… hacemos sarcasmo e ironía. No se puede pedir a una persona que sea honorable cuando preferimos hacer lo que sea para salirnos con la nuestra… lo-que-sea. Las palabras, y las intenciones, no sirven para nada cuando el abrumador peso de la acción antecede nuestras palabras.

¿Qué es un héroe entonces? Siguiendo la pauta de Phillip Zimbardo, que parece ser uno de los pocos psicólogos que está haciendo trabajo serio de investigación en esta área, tendríamos que decir que es alguien que defiende sus principios hasta el final – principios bondadosos y justos – y que es capaz de poner el riesgo su integridad o hasta su vida, en defensa de otros. Alguien capaz de sacrificarse por una causa noble. Bien, ya está, ya lo hemos definido. ¿Y ahora, qué sigue?

Hacer, justamente, el sacrificio, que duele, y mucho. Salir a la calle y poner el ejemplo, aun a costa de perder beneficios personales o comodidades. Se los digo ahora y se los digo con toda la gravedad que puedo: somos seres humanos, aprendemos en el error y la falla, cierto. Todos hemos sido malos alguna vez… o aprovechados y mordaces… Así es nuestra naturaleza. Pero eso si, la falta de calidad humana no está en el error, sino en la repetición consciente, en el saber que estamos obrando con ego, envidia, coraje, y no dejar de hacerlo. Todo aquel que actúa de esta forma, y lo sabe, pierde automáticamente el derecho de quejarse, el derecho a decir “esto es injusto”… pierde el derecho a decir “no era mi intención, ¿por qué me tratan así?, ¿por qué me ocurre esto?, ¿por qué el mundo está tan mal?” Si queremos una sociedad mejor, un lugar mejor, en el que todos, todos, la pasemos bien y seamos felices, hay que salir allá afuera y contribuir con nuestro esfuerzo, por pequeño que sea. El efecto va a ser inspirador, por si mismo, y créanme, va a afectar positivamente a todo aquel con el que entremos en contacto, sobre todo a las personas que nos son más cercanas. La pregunta, entonces, no es “qué es un héroe”, sino “quién”… Quién es un héroe.

Nuestros hijos, nuestros sobrinos, nuestros amigos, necesitan ejemplos poderosos. ¿Quién nos ha dicho, para empezar, que hay que salvar al mundo, forzosamente, para ser un héroe? Con hacer el bien a quienes amamos, y vivir según esa congruencia, basta. Los invito a vivir según esa creencia, y a plantar la semilla en otros. Todos queremos un mundo mejor, un mundo seguro, un mundo de héroes. Empecemos por nosotros mismos.

Nos vemos en quince…

J. C.

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