Hoy quiero hablarles de los ciclos, por supuesto, porque aunque la celebración de año nuevo es meramente un asunto simbólico; un acuerdo entre nosotros sobre cuándo un año termina y otro empieza; un número que representa avance, si acaso, o el fin de muchas cosas para dar inicio a otras, el peso emocional del evento que ocurrió ayer y que continúa esta mañana, es indiscutible. Muchos de nosotros nos reunimos, cenamos, brindamos, formulamos buenos deseos, expresamos felicitaciones, hacemos rituales, y si, nos llenamos de esperanza. El año nuevo representa, más que ninguna otra cosa, renovación, y con ella posibilidades.

Mi fiel compañera, siempre a mi lado.

Estas palabras son las primeras que escribo en el 2019. Lo hago en la banca en la que me siento a leer casi todas las tardes,  con las copas de los árboles delante de mi, y la luz del sol, que tanto me fascina, cobijándome como una suave manta sobre mis hombros. Respiro con calma; han sido días complejos, que pensaba que nunca iban a terminar. Habría hecho bien en recordar la historia del anillo de Salomón: “Esto también pasará”… Si lo hubiera hecho, tal vez, habría mantenido más calma, me habría aferrado menos, y habría disfrutado más todo el proceso de acabar y empezar de nuevo. De todos modos, habría llegado hasta aquí, pues lo mismo ocurre con todo ciclo: nada dura para siempre y todo lo que empieza debe acabar

¿Para qué? Para que empiece otra cosa. Tan simple como eso.

Verán, hay un tiempo para todo. Momentos más o menos favorables, y periodos que, así deseemos lo contrario, simplemente no son fértiles. El verdadero arte, la muestra de sabiduría, está en saber distinguir unos de otros; cuándo invertir energía y esfuerzo en sostener las cosas, y cuándo hay que dejar ir y detenernos, para que todo siga su curso, por si mismo. El asunto es que, al querer constantemente  que las cosas “salgan bien” – es decir, de acuerdo a nuestras expectativas o deseos –, solemos aferrarnos, apretar fuerte, bajo la creencia de que conservar las cosas que amamos, los lugares, a las personas, hasta los momentos, está directamente relacionado con el tesón que invertimos en sujetarlos. Grave error: cuando algo se acaba no nos pregunta si estamos listos o no, simplemente lo hace y ya. Así de pequeños somos…

Y también así de grandes somos, si nos aferramos, más bien, a nuestra humildad y a nuestra valentía. Si hacemos alto, inspiramos hondo, y empezamos de nuevo. Claro que da miedo hacerlo, porque pensamos que alrededor de todo esto hay incertidumbre, cuando en realidad no la hay.  Las cosas pasan por algo, y casi siempre es por mejor – no es mística; es pura causa y efecto, pura física Newtoniana –, y porque el esfuerzo de la adaptación duele, como todo empuje, como cada iniciación.  Debemos recordar, por el contrario, que con cada momento que acaba, aparece también una oportunidad. Que estamos insertados en una dinámica constante de ganancia y perdida que es, justamente, la que mantiene las cosas en orden. Si algo se va es para dar espacio y lugar a que otra se manifieste. La pregunta es ¿tenemos la voluntad de aprovechar ese momento? ¿De hacer a un lado nuestro ego, nuestro apego, y montar la ola? ¿Dejarnos llevar por ella, y si, además aprovechar su altura, su energía, su inercia? Si la respuesta es si, vamos de ganancia. La inversión de nuestra energía y esfuerzo encontrará recompensa. Si la respuesta es no y más bien preferimos prendernos del pasado, a lo que era y ya no es, a lo que creíamos tener y ya no tenemos, nos espera el pesar y el dolor. Luchar contra un muro de concreto duro y resistente que, simplemente, no se va a mover.

Muchos tienden a suponer que son “débiles”, “fracasados”, “cobardes”, o peor aun “perdedores”, si se limitan a suspirar y dejar ir lo que no pueden controlar, si dejan de luchar ante un ciclo poco fértil, cuando es absolutamente al contrario: hay una fortaleza, un carácter, que efectivamente solo puede ser medido en la entrega y el combate. Hay otro, sin embargo, que solo se encuentra en la espera y la paciencia. Nadie ha dicho aquí que ante un momento poco propicio la alternativa es rendirse, conformarse. Rendirse nunca es una opción. Cambiar de plan, buscar nuevas alternativas, dejar que ciertas puertas se cierren y esperar a que las siguientes se abran, no tiene nada de rendición, sino de cordura, prudencia, sensatez, juicio…

De sabiduría práctica.

Estamos en transición, queridos lectores. Ustedes y yo. Ningún momento es definitivo, ninguna meta final. Esto es un viaje, y en los viajes visitamos diferentes lugares. La única forma de apreciarlos todos es poniendo atención, y luego dejando atrás lo visto para poder atender y admirar lo que sigue. Honremos los momentos que pasan, respetemos la caída, fluyamos más, resistámonos menos. Lo que verdaderamente nos vuelve poderosos no es la oposición al cambio, sino la adaptación a él.

Haríamos bien en ser curiosos. En recibir cada nuevo momento con un “bien, veamos a dónde nos lleva esto”.

Y ahí estoy yo… Viendo a dónde nos lleva esto. Creo que será a un buen lugar. Es más, creo que ya estoy ahí. El secreto, si es que hay uno, es procurar recordar esto: para disfrutar lo que tienes, primero tienes que dejar ir lo que querías tener…

Pero eso si… mientras lo disfrutas, pelea con todas tus fuerzas, con todo tu ahínco, con todo tu honor y dignidad, por los sueños que deseas y los principios que te hacen valioso.  Respeta el proceso que te lleva de aquí a ahí, apégate a él, síguelo a diario, sin ceder en el esfuerzo, para que de aquí 365 días, cuando nos leamos de nuevo, te lleves la sorpresa de saber que lo que quieres, lo que deseas, lo que es bueno para ti, solo depende de tu responsabilidad radical. De eso y nada más.

Les deseo fortaleza… y estatura. Para vivir con plenitud lo que hay, resistir lo que pesa, y lograr lo que quieren. 

Buen viaje a todos. Buen 2019. Nos seguimos viendo por aquí.

JC

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